
LA NUEVA ESTRATEGIA CONTRA LA POBREZA EN LA REGIÓN DE MURCIA: COMPRENDER NO BASTA

Hay cifras que deberían impedirnos dormir tranquilos. La Región de Murcia lleva años situándose entre las comunidades con mayores niveles de pobreza y exclusión social del país. No es una anomalía puntual ni una mala racha estadística. Es una realidad persistente que se repite en el tiempo y que, quizá por eso, hemos terminado normalizando. Y no hay nada más peligroso que acostumbrarse a la injusticia.
La pobreza en nuestra Región no es una periferia social ni una excepción que afecte a unos pocos. Es una realidad estructural que atraviesa barrios, municipios y generaciones. Afecta a personas que trabajan, a familias que cumplen con sus obligaciones, a jóvenes que intentan construir un proyecto de vida en un mercado laboral frágil. No hablamos solo de ausencia de empleo. Hablamos de salarios que no alcanzan, de alquileres que devoran ingresos, de contratos que no permiten estabilidad, de vidas sostenidas en un equilibrio precario.
La exclusión social no siempre se ve, pero se siente. Se manifiesta en la suma de renuncias cotidianas: en los medicamentos que no se pueden comprar, en la actividad escolar que no se puede pagar, en la calefacción que se regula al mínimo, en la compra ajustada al céntimo. Se expresa en la incertidumbre constante, en la imposibilidad de planificar el futuro, en la sensación de que cualquier imprevisto puede hacerlo todo caer.
Esta realidad se vuelve especialmente insoportable cuando alcanza a la infancia. Cuando un niño o una niña crece en un hogar donde la exclusión social condiciona la alimentación, el acceso a materiales educativos, la participación en actividades básicas o la estabilidad emocional, la pobreza deja de ser una estadística y se convierte en una herida que marca el futuro. En la Región de Murcia la pobreza infantil es la más alta del Estado y pese a este dato tan demoledor, miles de escolares por debajo del umbral de la pobreza no acceden a becas comedor, es decir, no tienen garantizada una comida caliente al día. Ningún menor tendría que pasar por esto, cada año perdido es una oportunidad que no vuelve.
Esta exclusión tiene cada vez más rostro de persona trabajadora. En la Región de Murcia se puede tener empleo y seguir viviendo en la fragilidad. Se puede cumplir con las reglas y no alcanzar la dignidad. Cuando el esfuerzo deja de ser garantía de estabilidad, el problema deja de ser individual y se convierte en estructural.
En este contexto se ha presentado la nueva Estrategia contra la pobreza en la Región de Murcia. Que exista una Estrategia es, sin duda, mejor que la ausencia de cualquier marco. Reconocer que la pobreza es un fenómeno complejo, que afecta al empleo, a la vivienda, a la educación, a la salud y a la protección social, es necesario. El diagnóstico es importante, pero por sí solo, no cambia la vida de nadie.
Nuestra Región necesita actuar con la intensidad que este problema exige. Cuando una comunidad encabeza durante años los indicadores de exclusión, no basta con ordenar medidas en un documento ni con dejar su concreción pendiente de desarrollos futuros. La pobreza no espera a los calendarios administrativos ni a los tiempos de la planificación.
La experiencia demuestra que demasiadas estrategias bien diagnosticadas acaban diluyéndose por falta de compromisos claros, de recursos suficientes y de mecanismos exigentes de seguimiento.
La persistencia de la pobreza en la Región de Murcia obliga a reconocer que las responsabilidades no pueden diluirse, pero tampoco simplificarse. Quien gobierna tiene una responsabilidad evidente en la orientación de las políticas públicas y en las prioridades que se sostienen en el tiempo. Pero la cronificación de la exclusión revela también un problema más amplio, que interpela al conjunto del sistema institucional, político y social.
Este desafío desborda a cualquier administración aislada. Interpela al Estado, cuya implicación es clave en materia de empleo, rentas y protección social. Interpela a las fuerzas políticas, tanto a quienes gobiernan como a quienes ejercen la oposición, porque la pobreza no debería ser un campo de batalla partidista. Interpela a los agentes sociales y al tercer sector, que conocen de primera mano el sufrimiento que hay detrás de las cifras. E interpela, en último término, a la sociedad en su conjunto, porque normalizar la exclusión es aceptar un modelo de Región que deja atrás a demasiada gente.
Lo que está en juego no es la calidad de un documento, sino la capacidad de esta Región para romper una inercia que se ha prolongado durante demasiado tiempo. Una Estrategia puede ser una oportunidad, pero solo lo será si se traduce en acción real, medible y sostenida. Si se convierte en empleo digno, en ingresos suficientes, en acceso efectivo a la vivienda, en servicios públicos capaces de compensar desigualdades.
La pobreza en la Región de Murcia no es inevitable. Es el resultado de decisiones, de prioridades y, a veces, de silencios prolongados. Y frente a eso no basta con comprender el problema: hay que comprometerse con su solución.
Porque cuando el diagnóstico se repite año tras año y la realidad no cambia, el problema ya no es la pobreza.
El problema es todo lo que dejamos de hacer mientras aprendemos a convivir con ella.
Enlace a la publicación de LA OPINIÓN DE MURCIA